martes, 7 de agosto de 2012

Lluvia y su no tormenta


Si la lluvia fuera solamente agua, pocas serian las tormentas que causaría,
aunque el traje no pase desapercibido, nunca hay un todo para un solo. 

Porque son aquellos, los no conocidos, los que tienen el valor y el honor de conocer las tormentas como realmente son.

Rara vez el mundo se pone a pensar cuantas gotas ya han caído al suelo y cuantas más faltan por hacerlo.

Es más fácil cubrirse con el paraguas, que enfrentar la ignominia a la que alimentan día a día con el desdén de quienes tienen. 

Es más fácil caer desprevenidos en la vorágine de sus no quehaceres, que al fin y al cabo son los culpable de su muerte.

Cuanto más es el encierro, que la propia y llana muerte.

Cual perturbadora es la vida, que a quien menos conocemos es a el amor de nuestra vida.

Ambas acepciones aparentemente contradictorias tienen su fundamento en el dolor y en la idealización, siempre y cuando la inteligencia logre sentir el dolor del encierro y la idiotez idealizar a nuestros amados. 

Muerte insulsa y mediocre si las hay, que por falta de un segundo de reflexión viene a llevarlos por desmedrar su vida sin enfrentar a las tormentas, ni repararse en los aquellos, quienes son en realidad el justificativo de una vida digna y una muerte aparente.

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