Era inevitable
escuchar las aguas turbias,
que ofrecían el
paisaje del desierto de voz.
Hasta que una
luz, de esas que no solo alumbran,
aclaró la noche
alzando su honor.
“Amarrar a un
hombre es empujarlo”,
dijo el
multifacético personaje.
Como acariciando
el micrófono,
propio de los
que dicen por los que callan.
Vale esclarecer,
aunque parezca innecesario,
que es aplicable
en ambos lados.
Máxima que nos
pega en la cara,
Frase sabia y
con sabor a calle,
con un ímpetu
que intimida.
Debe entenderse
con el ancho de la frente,
puede construir
o asesinar proyectos de vida.
