sábado, 1 de septiembre de 2012

El tercer caso


 El departamento, no era más que un pequeño cuarto azul con ventanas de mediana estatura, y digo esto para no contarles cómo se componía el edificio en general. Era temprano, pero todavía no lo parecía. Con las manos en el bolsillo y silbando una canción de Bach, salió caminando para su trabajo, como lo hacía habitualmente con aires de monotonía que asombra.

 Las primeras  cuatro cuadras fueron las mismas de siempre, el anciano tomando mates en la puerta de su casa con su camiseta blanca y sentado escuchando la radio, aunque parezca algo trillado, era así realmente. El barrendero juntando los últimos vestigios de la noche anterior, como un trabajo de nunca acabar, pero con la simpatía perpetua.

- Buen día. Dijo como de costumbre, a lo que nunca obtenía respuesta, porque la caminata y su inmersión en las melodías de Bach siempre son tan fuertes que lo único que percibe del mundo pasa a través de sus ojos.

 Cuando comenzó a llover no lo sorprendió, porque las nubes ya lo presagiaban y se dispuso a seguir con su paso firme y sin mirar atrás.

 Tenía una particularidad, solía enamorarse tres veces cada media cuadra, pero solamente a partir de la cuarta calle que cruzaba. Pero esta vez fue diferente, parecía inmune al amor. Esto lo dejó un poco sorprendido, ya que la monotonía a la que solía recurrir había comenzado a romperse.

 Qué contarles del trabajo, era igual al de cualquiera pero diferente al de todos. Tenía su propio escritorio, lapicera, papeles, muchos papeles, una foto de un paisaje que nunca conoció personalmente, pero tampoco quería hacerlo; una silla con ruedas que tambaleaba de vez en cuando y  un tachito de basura.

 Los papeles a los que hago referencia contenían el nombre de todos y cada uno, cuando digo todos, es todos. Estaban los nombres de todas las personas del mundo, con sus respectivos detalles, desde donde vivían, hasta el color de ojos. Hice énfasis en muchos papeles, por obvias razones. Su trabajo era igual al de cualquiera pero diferentes al de todos. Era escritor de destinos.

 Tenía un estilo particular para comenzar a trabajar que lo caracterizaba, se ponía una campera en los hombros sin meter sus manos en las mangas, como para que el frio no lo molestara, pero con las manos libres para que la propia campera no fuese un estorbo. Se descalzaba y buscaba una taza de café bien negro, dos cucharadas de azúcar y una pequeña gota de leche.

 El tiempo no era problema para él, si bien mucho había por hacer, era intemporal dentro de su oficina y eso le daba la tranquilidad de poder trabajar bien e hilar fino en sus objetivos. Comenzó con el destino de una mujer soltera de treinta y cinco años que solamente vivía para sus quehaceres laborales. Le regaló una buena vida: Conocer a una persona que la iba hacer entender que estaba perdida buscando logros y se reinventaría. Todavía no tenía resuelto la fecha de su último suspiro, pero se dio cuenta de que seguramente iba a ser de anciana; sí, la afortunada mujer iba a tener una vida longeva y feliz.

 No siempre le gustaba lo que hacía, pero era su trabajo. El segundo caso que le tocó era el de un niño de doce años, al cual le habían diagnosticado un cáncer fulminante y no tuvo más remedio que dejarlo morir. Para tranquilizar su conciencia, lo hizo de manera tal que no sufriera y que se durmiera soñando con todo lo bueno que había vivido.

Con solo imaginar las cosas que tenía que escribir se le erizaría la piel a cualquier mortal, accidentes, desnutrición, asesinatos, violaciones, suicidios y cuantas miles de cosas más que tenía que plasmar en la vida futura de sus papeles. Porque él siempre decía que no eran personas, eran papeles, tal vez era una forma de mitigar el dolor que le causaban sus decisiones.

 El tercer caso que le tocó escribir, lo dejó sorprendido. Aunque de alguna forma se lo esperaba, pese a que no sabía cuándo ni cómo. El tercer caso, irónicamente el número tres, los tres amores diarios que ese día no había tenido. El tercer caso, era él.

 El hombre que escribía los destinos de todos tenía que escribir su propio destino, era la única persona en la faz de la tierra que podía escribir su futuro. Pensó durante un tiempo y tomo una decisión muy inteligente y acertada. El tercer caso, se iba a suicidar en ese mismo instante.

No hay comentarios:

Publicar un comentario